¿Dónde está La Cordero?

En algún lugar del mundo. Pasándola bien, eso seguro.

Permanent vacation




Hace unos días hablé con Ric Birch, un importante productor de eventos (ajá, el que organizará el Bicentenario acá en el DeFe y que ha hecho ceremonias en varios juegos olímpicos), quien viaja por lo menos cada tercer día entre países con diferencias de horario brutales. De México a Milán a Shangai a la India a Australia y de vuelta entre continentes y países.

— ¿No está cansado, no le afectan los cambios de horario entre países? ¿Toma vacaciones?—, le pregunté.

—Vivo en una vacación permanente. Me la paso viajando y me encanta. Y no, no hay tiempo para el jetlag.

Cierto. Tener la posibilidad de viajar de manera constante es como vivir en una vacación permanente. Aunque, admito, es muy cansado. Quizá uno se acostumbra, no lo sé. Él parece estarlo, demuestra que brincar de un país a otro, es sencillo, que no importa que haya que tomar un vuelo de 12 horas o más y que al llegar a otro lugar, uno pierde el sentido de si es día o noche, si hay que desayunar, comer o cenar.
Viajar es maravilloso. Es uno de esos placeres que disfruto tanto en la vida. Me encanta pisar otras tierras, oler otras ciudades, probar otros sabores, escuchar otros acentos, sentir otros vientos... Me fascina.
Pero, siempre me ataca una agustia muy extraña antes de viajar. No, no le tengo miedo a volar. Tampoco a las posibles fallas técnicas (que, toco madera, gracias a la vida nunca me han sucedido). Creo que la sensación se debe a que siempre, invariablemente, uno olvida algo. Por más que se haga la lista mental de lo que se debe llevar, de los regalos, los encargos, los documentos, siempre algo se queda en el lugar de origen.
Y por más que uno se promete que esta vez no se le olvidará el cepillo de dientes, el programa del viaje, un par extra de calcetines... siempre sucede.
A empacar.

De vuelta al inicio

Todo empezó ahí, en Londres. Y cuando digo "todo", me refiero a esta avalancha de emociones, cambios, evoluciones y revoluciones que no se ha detenido desde hace tres años.
Y, curiosamente, muchas cosas me remiten a esa ciudad, a ese territorio que me dio felicidad, amigos, diversión y aprendizaje. En el que probé la soledad, la independencia, la alegría y la tristeza.
Ahora vuelvo a reencontrarme con mi gente, con las calles, con las nubes grises y el Támesis en calma, con sus museos y sus teatros, con las luces de noche, con el viento helado en la cara. Con una ciudad que se parece tanto a la mía. Y con una parte de mí que se quedó allá.
En dos semanas estaré de vuelta y me emociona muchísimo. Prometí volver. Y, finalmente, lo cumplo.

Better together

Sólo tu sonrisa. Nada más. Eso me basta para creer en la felicidad.

Vicios del diarismo

Dicen que lo que bien se aprende, nunca se olvida. Sin embargo, puede haber miles de cosas aprendidas que ya se perdieron en el pantano de la laguna mental, y otras que se alojaron en el cajón de la memoria temporal, que se vacía constantemente.
Pero, cuando eso que se aprende es parte de una rutina diaria, es difícil que se olvide. Se convierten en hábitos, o bien, en vicios.
Ahora lo compruebo. No es lo mismo trabajar sin horario para un periódico, que de 8 a 4 para una oficina de gobierno (y menos de gobierno extranjero).
En el periodismo, particularmente, se adquieren disciplinas que, me temo, uno arrastra de por vida. En tres semanas que llevo del otro lado de la mesa, he distinguido éstas, que más bien ya son vicios:

* El cierre diario. "Necesito un boletín de blablabla", me piden. Y yo, rauda y veloz, corro a escribirlo aunque tenga que (al mismo tiempo) hacer llamadas para confirmar la asistencia de los invitados a un coctél, responder mails con copia a todo mundo, y monitorear si la nota tal se publicó. "Lo necesito para la otra semana", dicen. Y entonces ya llevo la mitad del texto y mejor lo termino de una vez.
* Apuntar todo. Pluma y libreta han sido, desde hace siete años, mis fieles acompañantes. En cada junta (aunque tenga cuatro al día), anoto todo lo que escucho, tal y como si estuviera en una conferencia de prensa.
* Sábados, domingos y días festivos. En el periodismo no hay días festivos. "El periódico sale todos los días", me dijeron alguna vez. Durante años descansé domingo y lunes o viernes y sábado, y hay compañeros que descansan miércoles y jueves o algunas otras extrañas combinaciones entre semana. Y, además, había que estar disponible para cualquier eventualidad que surgiera, sin importar qué día o qué hora fuera. Ahora, a las 4 de la tarde se acabó el trabajo (casi siempre) y si quedan pendientes para el fin de semana, hazle como puedas. La mayoría de la gente (¿normal?) no se lleva trabajo a casa.

Seguro habrá más. Pero imagino que poco a poco irán saliendo a la luz. Por lo pronto, admito que el reto es mayúsculo, pero que soy un pez con escafandra que se adapta, incluso, a estar fuera del agua.